Despertó con la humedad del suelo metida en los huesos, eran ya varios días notando dificultad para respirar. La presión, qué nacía desde algún lugar en el fondo de su caja torácica, se expandía entre sus escápulas, comprimiendo, de a poco, sus pulmones. No, no era un buen momento para dejarse morir, aunque intuía que él sería el siguiente. Comprobó que Myriam, Lucie y los niños aún dormían, para a continuación, deslizar sus vidriosos ojos en la leve cortina de lluvia que no había cesado de caer ni un instante en las últimas jornadas. Desde la tarde anterior no tenían noticias de Sheila y Marlon, sus ausencias cada vez se alargaban más y eso no era buena señal. Seguía cavilando sobre sus decisiones, quizá abandonar la compañía de las otras familias no había sido del todo acertada, pero su instinto le decía que mantenerse juntos, en grupos numerosos, era solo el fruto del desconcierto y del miedo inherente a la soledad. Su mente se trasladó a los días previos al cataclismo e...
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