LA SONRISA DE LORENA
Los tanques seguían avanzando
colina arriba. El sonido de las orugas chirriando al desplazarse retumbaba en
las paredes del desfiladero haciendo vibrar los cascos y las armas. Aquella
sensación del metal vibrando sobre el cuerpo hacía que el pavor que sentíamos
se incrementará hasta hacer llorar a alguno de nosotros.
Oía los sollozos de los
novatos, olía el sudor rancio de los veteranos, los juramentos de los creyentes
y las maldiciones de los ateos. Esperábamos la muerte, aquella era la única
verdad.
Siete días atrapados en
aquellas zanjas, las paredes de granito tras nosotros parecían contemplar
impávidas y frías como se acercaba nuestro final. Siete interminables jornadas
recibiendo un castigo constante, noche y día.
Durante el día se intercalaban
los bombardeos con momentos de silencio y quietud absoluta.
Temíamos más esos momentos de
quietud. Con el cansancio sobre nuestros hombros y sin el efecto protector de
la adrenalina, era fácil bajar la guardia o sucumbir al exceso de confianza.
Los interludios de calma siempre eran el prólogo del fuego de los
francotiradores, que hacían desplomarse uno tras otro a cualquiera de nosotros.
Solo era necesario despistarse un segundo y asomar la cabeza por encima del
débil parapeto de la trinchera para que de repente se produjera una lluvia de
sangre y sesos en nuestras mismas caras.
Durante la noche siempre
sucedía lo mismo, alguno insensato perdía la razón, creyendo poder escapar
utilizando la noche como aliada. En el duermevela se escuchó a alguien saltar
fuera de la trinchera, sus pasos se fueron atenuando en la distancia. Cerré los
ojos, y me tapé los oídos en vano.
A los segundos se escuchó la
explosión de una mina, los alaridos y el olor a carne quemada, y después, de
nuevo volvía el silencio.
Aquel infeliz tuvo suerte, pensé.
Cuando el final no llegaba con la explosión, la agonía se alargaba un
poco más, hasta el momento de escuchar las bayonetas descerrajándose contra la
carne, quebrando costillas, abriendo el vientre o atravesando un gaznate. La
agonía era el premio pues nunca llegaba un tiro de gracia, la crueldad era más
barata que las balas.
Aquella era una crónica de
sangre y miedo, una sentencia de muerte de la que todos habíamos recibido
notificación previa.
Como la mayoría de las noches,
aterido por el frío y espabilado por los gritos de espanto, yo permanecía en
vela. Estaba sentado bajo un quinqué de gasoil releyendo por enésima ocasión la
última carta que recibí de Eloyse, la carta de su adiós.
“… yo
no elegí esta guerra, y te pedí fervientemente que no te alistaras.
Tú evocaste el patriotismo y la valentía como argumentos, yo te apelé a nuestro amor. Me pediste que te esperara, solo serán unos meses, dijiste.
El tiempo transcurrió y yo te seguí esperando, pero todo tiene su fin. Siento de veras tenerte que explicar esto por carta, pero desconozco si te volveré a ver y es demasiada carga para mi conciencia. No quiero verte aparecer un día de la nada, reclamando un amor que ya no existe …”
Cerré la cuartilla, me
quemaban los ojos del desamor.
El Cabo Primero Persell,
sentado frente a mí, abrió los ojos. Sabiendo de mi pesar, me miró
lánguidamente, él siempre estaba dispuesto a dar un toque de positividad a toda
aquella sin razón y barbarie.
Se incorporó diciendo;
Sargento miré que preciosidad
de niña, es idéntica a su madre. No me dirá que no es una herm…
Un silbido de espanto precedió
el sonido metálico contra el casco. Cayó quedándose sentado junto a mí, inerte.
Nadie dijo nada, el silencio se apoderó de aquella madriguera de nuevo. Contemplé
el ojo vacío del Cabo Primero Persell, el mismo ojo por el que había salido la
bala trazadora que le sesgo la vida. El día anterior me había contado que su
pequeña había comenzado a caminar. Miraba su cuerpo inerte, tenía aún la carta
de su mujer y la foto de la pequeña Lorena en la mano.
Me decía a mí mismo que estaba harto. Harto de comer, mear y cagar en el mismo sitio. Harto de pasar frío y miedo. Harto de recibir órdenes que siempre nos llevaban a la muerte. Harto de ver morir gente en mis brazos, contemplando como se apagaban, una a una, las vidas de una generación entera. Harto del sinsentido de la guerra. Acerqué mi mano y toqué la cara de Persell, noté el frío apoderándose de su carne muerta. Introduje un dedo en el agujero de su cara y percibí la textura gelatinosa de sus sesos derramándose aún por el orificio. La muerte seguía causándonos pavor, pero a aquellas alturas yo ya había perdido el respeto a los muertos.
Recogí la foto de Lorena.
Aquella pequeña mostraba una sonrisa que pararía cualquier guerra. Mantenía en
su mano el conejito de peluche que habíamos comprado el Cabo y yo en una tienda
de ultramarinos de Lille. Noté las lágrimas de rabia cayendo por mis mejillas.
Se volvió a oír las ráfagas de
las trazadoras. El vuelo de los proyectiles parecía lenguas diminutas de fuego
pasando sobre nuestras cabezas, mientras que los impactos retumbaban huecos y
secos. Mi mandíbula castañeteaba sin control y noté como me orinaba encima. Me
pareció de lo más normal, no era la primera vez. Sin embargo, esta vez
desencadenó un momento de ira desmesurada, no quería contenerme. Decidí
asomarme para disparar mi fusil, necesitaba desahogarme. El momento de furia
fue breve como un lingotazo de alcohol.
Entonces silbó la muerte su
melodía, esta vez, dedicada expresamente para mí.
No llegué a apretar el
gatillo. Caí como mis compañeros, la trazadora me desbarató la cara y me
desplomé. Así acabo todo. Sin sentido. Me abandonó el desamor, el miedo, la
ira. La bala ejecutó el desalojo in extremis de la vida que aún podía albergar
dentro de mí.
Alguno
de mis compañeros recogió de mi mano la última carta que me envió Eloyse y la
foto de Lorena, ella seguía inocente e impasible, deleitando nuestro particular
y devastador mundo con su perenne sonrisa.
Semanas
más tarde Eloyse recibió las funestas noticias de mi muerte. Junto a la carta
de mi Comandante, explicando mi fatídico final recibió mis efectos personales, en ellos iban la carta y la foto que encontraron en mi mano.
Eloyse,
entre lágrimas, pudo leer en el reverso de la foto;
Mi
amada hija, Lorena M. Persell, 12/03/1916.
En aquel instante, sin quererlo, el cabo Persell y un servidor, personas ya desaparecidas, establecimos un vínculo entre dos personas que aún no se conocían, pero que quedarían inexorablemente unidas para el resto de sus vidas.
ISIDRO M. SOSA RAMOS
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